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ADVERTENCIA: IGNORAR LA TERMINOLOGÍA PUEDE PERJUDICAR SU SALUD


Por Cati Mora

Como responsable de terminología en una empresa altamente especializada en propiedad industrial y traducción técnica, mi equipo y yo nos vemos obligados a trabajar en estrecha relación con problemas terminológicos muy diversos y a diario nos enfrentamos con la abrumadora certeza de que una terminología defectuosa representa un riesgo potencial para la comprensión de la documentación técnica que debemos traducir.

Es más, en proyectos de redacción y traducción como los relacionados con patentes y asuntos regulatorios, la inadecuada gestión inicial de la terminología no sólo puede ser negativa para la calidad de la información que se transmite, sino que puede tener efectos económicamente adversos en función del número de lenguas a las que deba ser traducido el texto original.

La gran pesadilla: La propagación del error

La producción de documentación en un entorno global y multilingüe, requiere enormes inversiones en tiempo y dinero por parte de las empresas, por lo que la optimización de su elaboración y su calidad es un aspecto prioritario que debe valorarse. No es raro observar cómo en el seno de una misma empresa, en muchas ocasiones se usa diferente terminología para referirse a lo mismo, lo que puede provocar confusiones innecesarias entre distintos departamentos e incluso en el cliente o consumidor final. En este contexto, debemos ser plenamente conscientes de que cualquier error, falta de homogeneidad o ambigüedad en la terminología, que no sea detectado en el momento adecuado en el material fuente, corre el riesgo de propagarse a otras áreas de negocio de la empresa y, especialmente, durante el proceso de traducción a uno o más idiomas.

Pongamos un ejemplo muy sencillo relacionado con un término erróneo definido durante la fase de diseño de un determinado producto. Dicho término (erróneo) se emplea posteriormente en hasta diez documentos técnicos distintos. Cada uno de los diez documentos debe traducirse a diez idiomas distintos.

Un único error inicial, que podría haberse detectado en la fase inicial, se propagará provocando diez incidencias que deberán corregirse en cada documento, y hasta 100 incidencias que deberán corregirse en diez idiomas, lo que requerirá mucho tiempo y dinero. ¿Se imaginan esta propagación de errores en relación con documentos de asuntos regulatorios o patentes?

Por tanto, la temprana detección del error es un factor crítico ya que cuanto más tarde se descubra, mayores serán los costes de subsanación de dicho error o problema.

El problema se agrava si además el traductor carece de la formación técnica adecuada que le permita tener perspectiva suficiente para detectar adecuadamente la terminología altamente especializada del texto de partida, con el consiguiente riesgo de generación de nuevos errores terminológicos en el documento traducido.

Dada la enorme importancia que la terminología y la adecuada gestión de la misma tienen en la comunicación global, en los próximos números de nuestro boletín expondré una serie de ideas relacionadas con la terminología y con nuestra peor pesadilla: la terminología defectuosa.

¿Qué se entiende por terminología defectuosa?

Para responder a esta pregunta, antes me gustaría aclarar lo que entendemos por terminología desde un punto de vista profesional. Cuando hablamos de terminología no nos referimos meramente a palabras, sino a conceptos o unidades de conocimiento que están claramente delimitadas y definidas en un ámbito profesional concreto. Por ejemplo, aunque la palabra “cabeceo” pueda parecer una palabra genérica usada en el lenguaje común, si se utiliza en un contexto de aeronáutica el lector experto sabrá que se define específicamente como “rotación sobre el eje que pasa por las alas” o “movimiento de la aeronave sobre su eje vertical produciendo subidas y bajadas de la parte delantera y trasera”. Este término tiene un equivalente concreto en otros idiomas, por ejemplo “pitch” en inglés, que el traductor debe saber identificar de entre las posibles traducciones de la palabra (“nod”, “lurch”, “shift”…).

Por lo tanto, el dominio de la terminología cuando se trata de redactar y traducir documentación técnica es fundamental. En su artículo Terminology: ignore it at your peril (Multilingual News, Abril/Mayo 2007) Keiran J. Dunne define terminología defectuosa como la terminología que es incorrecta, no homogénea y ambigua.

  • Terminología incorrecta. Refleja el uso de una palabra incorrecta para un concepto dado.
  • Terminología no homogénea. Refleja el uso de distintos términos para el mismo concepto.
  • Terminología ambigua. Refleja el uso del mismo término para conceptos diferentes o de un término impreciso, indefinido o equívoco.

Considerando las distintas modalidades en las que puede darse una terminología defectuosa y las amenazas que conlleva, una parte importante de nuestro tiempo se consume obligatoriamente en la investigación de términos y la búsqueda de la mejor equivalencia en el otro idioma.

A diario nos encontraremos con problemas terminológicos como:

  • Diferentes términos para un mismo concepto
  • Mismo término para diferentes conceptos
  • Término en idioma original sin equivalencia en idioma de destino
  • Diferentes equivalencias en idioma de destino para un mismo término en el idioma original
  • Término original con carga sociocultural inexistente en el idioma de destino

Para enfrentarnos a estos problemas, los métodos que utilizamos son muy diversos y van desde la mera consulta en diccionarios bilingües y/o multilingües hasta la lectura de monografías, manuales o bibliografía especializada, pasando por la comparación de corpus de textos bilingües, la consulta directa a otros especialistas, etcétera, sin olvidar que el traductor debe estar especializado en el ámbito en el que traduce.

Internet ha supuesto una revolución sin precedentes que ha multiplicado hasta el infinito la difusión de documentación técnica y de recursos lingüísticos. Sin embargo, precisamente esta proliferación de recursos puede conducir a muchos traductores poco experimentados (o expertos con mucha prisa) a caer en errores garrafales debido a una mala interpretación de la información encontrada, sobre todo por las numerosas fuentes poco o nada fiables que pululan por la red.

Considero pues que es necesario dar el valor que se merece al trabajo terminológico dentro del contexto de la redacción y traducción de documentación técnica. Entiendo que el trabajo terminológico es tanto el análisis de los términos como la gestión de los mismos a través de sistemas de valoración y almacenamiento controlado en bases de datos.

Tengamos en cuenta que el propio término “terminología” es polisémico. La terminología puede referirse al conjunto de términos (o vocabulario) de una disciplina especializada concreta (medicina, ingeniería, calzado, etc.) o también a la disciplina que se encarga de recopilar y definir tales términos. Y no pasemos por alto el término “disciplina”, porque en cuestión de terminología es fundamental. Hay que ser sumamente disciplinado e incluso entrenar al personal en la adquisición de dicha disciplina.

Los diccionarios nunca se actualizan ni se editan con la rapidez que se desearía. La tarea de elaboración de diccionarios y glosarios (terminografía), por muy apasionante que pueda resultar (léase con ironía o no, según cada cual), dista mucho de entrar dentro de las posibilidades y competencias de un traductor o una empresa que pretenda ser rentable en el mercado, pues es una tarea que consume tiempo y enormes recursos materiales y humanos. Nos centraremos por tanto en cómo debe o debería abordarse la ingente tarea terminológica a nivel de organización.

Desde un punto de vista práctico, debe tenerse claro que la finalidad de la empresa (y del traductor) es producir, es decir, facturar. Por tanto, la optimización del tiempo dedicado a la búsqueda de terminología será siempre un objetivo prioritario. Sin embargo, dicho objetivo nunca debe repercutir en una reducción de la calidad de la búsqueda.

¿Cómo conseguir entonces conciliar la aplicación de una terminología correcta con los criterios de productividad exigidos?

Será fundamental un sistema de trabajo disciplinado, estructurado, concienzudo y fiable que plasmamos en el siguiente decálogo:

Primero: Cuanto antes, mejor. La definición de una adecuada terminología para un proyecto de traducción debe situarse en el primer lugar de todo el proceso productivo. Permitirá detectar problemas que vienen de la fase de redacción de un documento y evitar futuros problemas.

Segundo: Definir claramente los procesos y métodos en un entorno de trabajo muy disciplinado. Las herramientas sólo son eficaces si los procesos y métodos están claramente definidos, se siguen de manera disciplinada con comunicaciones ágiles y constantes.

Tercero: No buscar dos (o cien) veces lo mismo. Una vez investigado un término, debemos asegurarnos de que quede debidamente recopilado, definido y accesible para futuras ocasiones.

Cuarto: Utilizar un sistema de gestión terminológica adecuado. Los medios de gestión terminológica pueden ir de una simple hoja de cálculo, una base de datos “casera”, hasta un software específico apropiado para gestionar enormes cantidades de entradas.

En los últimos años se han desarrollado numerosas herramientas informáticas con las que mejorar los procesos de traducción. CAT (computer assisted translation), MT (machine translation), TM (translation memories), conceptos ya muy extendidos unidos a herramientas de gestión de terminología independientes o integradas en las TM.

Quinto: Definir claramente las responsabilidades y el alcance de las mismas para cada integrante en el proyecto.

Sexto: Definir los permisos de acceso y los niveles de acceso. ¿Quién está autorizado a acceder a las bases de datos? ¿Quién puede aprobar o modificar términos?

Séptimo: Los resultados no son inmediatos. Cualquier trabajo con bases terminológicas requiere que el alcance del proyecto aumente gradualmente con el fin de conseguir una mejora continuada.

Octavo: Tratar los avances en gestión de la terminología como patrimonio empresarial.

Noveno: Implementar controles de calidad sobre los procesos y los resultados. Desgraciadamente la calidad no se mide por lo que uno cree que la gente hace sino por lo que uno controla que hace.

Décimo: Invertir para evolucionar constantemente. La terminología como disciplina de trabajo se está reinventando gracias a los numerosos avances en ingeniería lingüística. Si no la entendemos en este contexto y no invertimos en su evolución, todo el esfuerzo realizado habrá sido en vano.

 

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