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¡MENOS MAL QUE EXISTEN LOS EUFEMISMOS!
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Por Silvia Díaz Küttner

Para alguien como yo, que trabaja en la calidad relacionada con la traducción de textos técnicos, y a quien por tanto inculcaron desde el primer momento la literalidad como norma a seguir para el resto de sus días, choca bastante cuando a las cosas no las llaman por su nombre. Y es que últimamente observo cómo, sobre todo en los medios de comunicación, se abusa de un vocabulario indirecto, decorativo y ciertamente misterioso para describir u ocultar la actualidad que nos rodea.

En la novela 1984, el escritor inglés George Orwell deja muy claro que si alguien logra controlar la lengua que la gente aprende, también logrará controlar el pensamiento y, por tanto, el poder. Desaparecido el significante, desaparecerá el concepto o significado.

 

Orwell es igualmente contundente al manifestar que, cuando la realidad molesta, nuestro sistema democrático no puede abolirla pero si enmascararla. Uno de los medios de enmascaramiento es el de utilizar un vocabulario especial que consta de palabras destinadas a imponer una actitud mental deseable en la persona que las utiliza.

Este concepto puede parecer brutal pero, como veremos en este artículo, es una práctica habitual incluso en los sistemas democráticos más asentados.

En la traducción técnica, la precisión, la elección clara de cada significado, el manejo puntilloso de los puntos, comas, y el conocimiento de la materia son fundamentales para reflejar con exactitud la idea del autor. No valen las licencias que no sirvan para aclarar la traducción.

Pero paradójicamente, en nuestras sociedades tecnocráticas y pluralistas se nos bombardea con un “lenguaje funcional” hermético, cargado de eufemismos destinados a no ofender. Y es que el eufemismo se ha convertido en un mecanismo estrella para ejercer un control mediante el uso de expresiones ornamentadas que contribuyen a ocultar u oscurecer deliberadamente una realidad.

Wikipedia define la palabra eufemismo como “una palabra o expresión políticamente aceptable o menos ofensiva que sustituye a otra considerada vulgar, de mal gusto o tabú. Se produce cuando se pretende usar palabras inofensivas o expresiones para desorientar, evadirnos o evitar hacernos conscientes de una realidad cruda y desagradable”.

En retrospectiva, fue la Guerra de Vietnam, con un gran despliegue mediático, uno de los factores históricos que consolidó el empleo generalizado de eufemismos. Los medios de comunicación llevaron a cabo una importante cobertura de los acontecimientos, denunciando la violación y el abuso de los derechos humanos. Por primera vez se retransmitió la crueldad de la guerra, convirtiéndose en uno de los conflictos más documentados. Al no ser una guerra declarada no pudo aplicarse la censura militar. En cada telediario, el horror de la guerra, la tortura, el desenfreno y la muerte, llegaban puntualmente a conocimiento de todo el mundo, despertando un sentimiento de rechazo por parte de la población ante la barbarie que cada noche presenciaba.

El seguimiento de la guerra en directo maniataba la libertad de acción de los ejércitos. Por tanto, no sólo debía controlarse la libertad de movimiento de los periodistas sino también el uso del lenguaje, suavizando la realidad para enmascararla. Así, por ejemplo, se empezó a hablar de daños colaterales para referirse a la muerte por error de civiles y falsos positivos para denominar a bajas civiles que constan como bajas enemigas. Otro eufemismo curioso es el de las bombas inteligentes. La inteligencia, en mi opinión, es algo atribuible a los seres humanos o, por lo menos, a los seres vivos. Este término se utilizó, y se sigue utilizando, para denominar a las bombas que eliminaban blancos humanos exactos. A la expropiación de granjas y expulsión de campesinos se hizo referencia como transferencia de población o rectificación de fronteras, los espías pasaron a llamarse fuentes confidenciales y la acción de derribar el régimen de un país pasó a llamarse desestabilización.

Sucesivas operaciones en teatros de operaciones de Oriente Medio, África y América Central perfeccionaron y consagraron la aplicación de los eufemismos que oímos continuamente en las noticias, aparecen en los periódicos, etc. Quizás a la hora de comer caiga mejor al estómago oír hablar de escudos humanos que de niños y mujeres asesinadas, fuego amigo (muertos por errores del mismo bando), intervención militar (invasión) o de un avión de interdicción (en lugar de un bombardero) y mucho mejor oír limpieza étnica que la siempre desagradable palabra “exterminio”. ¿Y qué me dicen de una operación quirúrgica (rápida, brutal, contundente e implacable destinada a la eliminación selectiva)?

Los resultados han sido tan buenos que la generalización de esta técnica a otras necesidades de control del lenguaje no se hizo esperar.

En época de crisis (perdón… de recesión, y prometo que ésta será la primera y última vez en este artículo que utilice esta palabra; creo que más de uno, como yo, está algo cansado de oírla…) es habitual escuchar a personajes públicos, sobre todo políticos, utilizar un lenguaje que enmascara bastante la realidad.

Ante una población atemorizada, decepcionada, cansada y con el agua al cuello, queda mucho más decoroso decir que la economía está sufriendo un crecimiento negativo a admitir la verdad, esto es, que la economía se contrae y que o nos ponemos las pilas o el futuro (no muy lejano) lo vamos a tener negro, muy negro. Pero ¡que no cunda el pánico! Si este verano no pudimos acudir a una bonita playa paradisíaca y tuvimos que quedarnos en casa con la abuela y el canario, los pies a remojo en agua con hielo y el ventilador de oferta funcionando a toda pastilla… ¡no se preocupen, porque cierto político dijo en su día que iba a impulsar una serie de acciones de dinamización económica! Ah bueno, en ese caso, me quedo más tranquila…

Los eufemismos, por suerte o por desgracia, nos acompañan en muchos aspectos de nuestra vida, no sólo en la política.

Así, por ejemplo, si a causa de la crisis (¡¡¡oh no, lo he vuelto a repetir!!!) nos prometen una dinamización económica que es un fiasco, no se preocupen, el gobierno de turno hará un ajuste de sus estimaciones (o sea que se equivocaron). Si nada funciona nos llegará el temido reajuste de precios (alzas de precios). Si finalmente perdemos nuestro trabajo gracias a una regulación de empleo, reconversión, desvinculación o ajuste de plantilla, siempre quedará mejor en nuestro historial profesional que se diga que se nos sometió a una reconversión en vez de que se nos despidió y punto. Ya de paso, si por no poder asumir los gastos del día a día y ver cómo merman nuestras expectativas, perdemos también la cabeza, ingresaremos en un centro psiquiátrico, no en un manicomio. La RAE define el término “manicomio” como “hospital para locos” por lo que no me sorprende que se haya optado por su equivalente más agradable al oído de centro psiquiátrico que, a pesar de tener la misma función, parece algo menos agresivo y más cool.

Pero incluso en el aspecto sentimental, los eufemismos también están ahí: cuando una relación todavía no está muy clara y quieren evitarse compromisos e implicaciones que a más de uno le provocan el síndrome de piernas inquietas con la consecuente reacción de salir corriendo, se optará por presentar al otro como el acompañante o compañero. Por un lado, no es mala idea; así, en el momento de huir no habrá que dar explicaciones… Al tan temible embarazo no deseado también se le quita importancia cuando se practica una interrupción voluntaria, vamos, lo que todos conocemos por “aborto”.

Pero lo mejor son los eufemismos a nivel laboral que en los tiempos en los que estamos hay que sacar provecho de ellos… ¿Qué me dicen de ese pardillo, recién salido de la carrera que pone en su Curriculum Vitae con toda la ilusión del mundo que ha sido Especialista en Logística de Documentos? Vamos, lo que toda la vida se ha llamado “mensajero con moto” ¿Pero a que queda diferente? ¿A que le da un toque de glamour? Quizás su Curriculum no se tire a la basura a la primera de cambio (pero si a la segunda…) ¿Y qué me dicen de la profesión de Técnico Sanitario de Caminos Públicos? Ups, cuando yo hice la selectividad esto no estaba entre las opciones…Pues no, porque la profesión de barrendero nunca ha sido una carrera sanitaria (con todos mis respetos hacia los barrenderos, que conste). Acabaremos la sección de empleo con el Especialista en Logística de Energía Combustible. ¿Qué será, será? A que no lo adivinan… Pues “el butanero”. Si es que hay que saber venderse…

Incluso el tema de la vivienda no se libra de ser víctima de los eufemismos. Cuando en un anuncio de un piso lo describen como con grandes posibilidades quieren decir que “hay que reformarlo entero”; si la vivienda es acogedora es que no tiene más de 40m2 y si está en pleno centro… olvídate de la siesta, porque estará en medio de todo el bullicio…

En fin, ante esta cruda realidad y sentimiento de manipulación, acabemos con un toque de humor para no caer en la desesperación.

Si cuando empecé mi formación en la empresa me inculcaron que además de los idiomas indicados en mi CV también debería dominar la jerga de patentes (patentese) y tener muy clara la aplicación de la jerga técnica / mecánica (mechanicalese), ahora descubro que si quiero vivir enterada de lo que realmente acontece a mi alrededor y puede influir en mi vida, deberé conocer el burocratese, Pentagonese, Moncloanese o politicalese que me permitan pensar con claridad.

No vaya a ser que, si algún día tengo un hijo o una hija, estos me digan que quieren enrolarse en la Agencia Naval de Autodefensa (la marina de toda la vida) para llegar a ser gerentes de buque (capitán de navío) especialistas en operaciones quirúrgicas… y yo sin enterarme.

¡Menos mal que existen los eufemismos! De lo contrario la realidad sería muy dura… ¿o debería decir “existencialmente con grandes posibilidades”?

 

 

 

 

 

 

 

 

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